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Virus y los sonidos eternos

Virus y los sonidos eternos
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En Mendoza, la banda convirtió al Arena Maipú en una celebración elegante de memoria, reinvención y canciones que todavía respiran

Hay recitales que funcionan como una máquina del tiempo. Otros, como un espejo. Lo de Virus en el Arena Maipú fue ambas cosas a la vez: un viaje hacia las épocas doradas del rock argentino y, al mismo tiempo, una demostración de vigencia absoluta. Porque Virus no se sostiene únicamente desde la nostalgia. Se sostiene desde algo mucho más difícil: la capacidad de seguir emocionando.

La excusa fue perfecta. Los 40 años de Locura, ese disco que redefinió la estética, el sonido y la sensualidad del pop argentino, encontraron en Mendoza una parada cargada de memoria afectiva. Pero el show nunca cayó en el homenaje vacío. Todo lo contrario: fue una celebración viva, elegante y eléctrica. Canciones que siguen respirando. Canciones que todavía hacen mover el cuerpo.

Marcelo Moura apareció sobre el escenario con una energía imponente, reencarnando parte de aquella mística que convirtió a Virus en una banda adelantada a su tiempo. Con una formación sólida y precisa, el espíritu de Locura atravesó el Arena Maipú desde el primer minuto. Y en el medio de esa ceremonia pop hubo espacio para la emoción más profunda.

“Vamos a hacer un tema que me gusta mucho cantar porque me recuerda a Fede”, dijo Marcelo antes de interpretar Dicha feliz, invitando a Federico Moura a volver, aunque sea por unos minutos, desde la memoria colectiva. Más tarde, entre risas y honestidad brutal, confesó haber atravesado días complicados de salud: “Hasta ayer estaba con 40° de fiebre… así que le voy a hacer caso al médico y me voy a fumar un pucho”, lanzó antes de entonar Soy moderno, no fumo.

Ahí estuvo, quizás, la esencia de la noche: en esa mezcla perfecta entre sofisticación y cercanía. Virus siempre fue eso. Una banda capaz de convertir lo moderno en popular sin perder identidad. Capaz de atravesar generaciones sin sonar vieja. Capaz de seguir viajando.

Y Sontrip entiende de eso. De sonidos que viajan.

El repertorio fue una postal completa de su historia: Sin disfraz, Tomo lo que encuentro, Superficies, Volátil, Destino circular, Persuadida, Lugares comunes, Ausencia, Imágenes paganas, Mirada Speed, Me puedo programar, Pronta entrega, El probador, Amor descartable, Agujero interior, Luna de miel, Wadu-Wadu y Carolina entre tantas otras, terminaron de construir una noche donde el tiempo pareció desarmarse.

A mitad del show, las pantallas proyectaron un recorrido audiovisual por distintas ciudades marcadas por la historia de la banda: Argentina, Chile, Panamá, Perú, Uruguay y España. Un mapa emocional de canciones que cruzaron fronteras y décadas.

“Nosotros siempre la pasamos bien”, dijo Marcelo antes del cierre.

Y el Arena Maipú también. Porque durante un par de horas, Mendoza volvió a comprobar algo simple: algunas canciones nunca envejecen. Solo encuentran nuevas generaciones listas para habitarlas.

Informe Tomi Lubo. Imagen Sontrip Contenidos