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El Oeste que se mueve

El Oeste que se mueve
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Mendoza volvió a moverse y el sacudón recordó, una vez más, que vivir al pie de la cordillera es convivir con la historia, la geología y ese temblor que nunca se va del todo.

A las 11.14 de la mañana de este jueves 8 de enero de 2026, mientras el calor ya empezaba a apretar y la rutina avanzaba a ritmo mendocino, la tierra hizo lo suyo. Un sismo de magnitud 5.1 en la escala de Richter, con epicentro en la provincia de San Juan, se sintió con claridad en distintos puntos de Mendoza.

Según el Instituto Nacional de Prevención Sísmica, el movimiento ocurrió exactamente a esa hora, con un foco ubicado a 90 kilómetros al este de San Juan, 211 kilómetros al noreste de Mendoza y a unos 30 kilómetros al noroeste de Marayes, a una profundidad cercana a los 10 kilómetros. No fue eterno, no fue devastador, pero alcanzó para que más de uno levantara la vista, frenara el mate o mirara el techo con ese reflejo aprendido de memoria.

No es casualidad. Mendoza está plantada en una de las zonas sísmicamente más activas del país, en pleno corazón de Cuyo. Acá, bajo el asfalto, las acequias y las veredas gastadas por el sol, se da una pulseada silenciosa entre placas tectónicas que no descansan nunca. La Placa Sudamericana avanza lento pero firme hacia el oeste y se encuentra, cara a cara, con la Placa de Nazca, que se hunde por debajo de ella a lo largo de la fosa oceánica peruano-chilena. Ese choque permanente es el que explica por qué, cada tanto, la tierra decide recordarnos dónde estamos parados.

Para el que quiera ir un poco más atrás en el tiempo y entender mejor esta relación tan particular entre Mendoza y los sismos, vale la pena escuchar un podcast de Sontrip de mediados de 2021, donde se repasa con calma esta información, con audios de archivo y testimonios que ayudan a poner todo en contexto.

La memoria colectiva tiene fechas marcadas a fuego. El 26 de enero de 1985 es una de ellas. Un sismo fuerte, cercano, que dejó huellas físicas y emocionales que todavía se cuentan en sobremesas familiares y en relatos de barrio. En ese mismo podcast de Sontrip aparecen registros sonoros de aquella jornada, voces de época y relatos que reconstruyen cómo se vivió ese sacudón histórico, uno de los más recordados por estos lares.

En el imaginario también aparecen los megaterremotos de Chile, esos monstruos geológicos que rompen escalas y titulares, y la duda sobre cuánto de eso nos puede afectar de este lado de la cordillera. Acá empieza la parte más técnica, pero es importante escuchar. Los especialistas explican que esos grandes terremotos ocurren en la zona de subducción, donde la placa oceánica de Nazca se mete debajo de la sudamericana. Son eventos capaces de generar tsunamis y liberar una energía brutal, pero esa energía, al viajar cientos de kilómetros, se va disipando. Por eso, un terremoto gigante en la costa chilena no anticipa, necesariamente, daños significativos en el Gran Mendoza.

El verdadero riesgo local está más cerca y es menos espectacular en los títulos, pero mucho más concreto. Son los sismos más chicos, como el de este jueves, asociados a las fuentes sismogénicas próximas al Gran Mendoza. Eventos de menor duración, sí, pero potencialmente muy violentos, concentrados en áreas reducidas y con capacidad real de generar daño. No sacuden medio continente, pero pegan justo donde vivimos.

En definitiva, no es lo mismo un sismo que un terremoto, no es lo mismo lo que pasa en Chile que lo que pasa acá. En Mendoza la tierra habla bajito, pero seguido, y conviene no hacerse el distraído. Porque entre la cordillera, el desierto y la ciudad que crece, la vida sigue, pero siempre sobre un suelo que nunca está del todo quieto.

Por Martin Lubowiecki. Imagen Plaza Independencia foto oficial Municipalidad de la Ciudad de Mendoza

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